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jueves, 12 de mayo de 2011

El mágico bosque de Oma

Una escapada a Bizkaia, nos llevó hasta el curioso bosque de Oma.
El primer día que hicimos la ruta, se nos presentó una tormenta, y decidimos dejar la visita al Bosque Pintado para el día siguiente. Asi que, a la mañana siguiente, volvimos.









Aparcamos el coche junto al restaurante Lezika, en Basondo.
Siguiendo la señalización, nos adentramos en el camino que nos llevaría hasta el bosque, entre prados de un verdor intenso donde pastaban tranquilamente caballos y cabras, y los conejos campaban a sus anchas.









Seguimos el camino, fijándonos en la señalización blanca y amarilla que hay en algunos árboles, indicando por dónde ir.
Por el camino encontramos infinidad de bichos y flores. También muchas fresas silvestres.





Recorridos 7 km y medio, y tras haber subido un desnivel de 204 metros, llegamos a la señalización final que nos indica que entramos al bosque pintado de Agustín Ibarrola.



Dentro del Bosque, el tiempo parece detenerse. Podemos pasar horas y horas intentando descubrir las múltiples figuras que se forman con las pinturas hechas en los árboles, según juguemos con las perspectivas.

Te estamos vigilando

El bosque pintado de Oma

I see you...

figuras

Circle

Colores en el bosque

Motoristas

Líneas

El silencio es absoluto, tan solo roto por el trino de los pájaros.
La ruta se puede continuar hasta Goikolea, para ver los antiguos molinos y de allí, pasar a Oma, y regresar a Basondo, en una ruta circular.
Nosotros optamos por deshacer el camino andado, y volvimos por dónde habíamos ido, llevándonos en la memoria el recuerdo de este lugar curioso y único, lleno de magia.

domingo, 27 de marzo de 2011

Cascada del Aljibe

La lluvia de los últimos días parece escampar, asique decidimos salir de ruta. Emprendemos camino a Guadalajara, hacia los pueblos de arquitectura negra. El Ocejón, con su cumbre nevada, nos acompaña durante el camino.
Serpenteando Llegamos al Espinar, un pequeñísimo pueblito de casas pequeñas de pizarra negra. Todas tienen en sus fachadas una cruz blanca, como símbolo de protección. La Cabaña Dejamos el coche en un prado que hace de campo de futbol, a las afueras del pueblo y comenzamos el camino que nos llevará hasta las magníficas pozas del Aljibe. Atravesamos una cancela que da acceso a una majada donde pastan un montón de toros. Cruzamos entre ellos, y alcanzamos el camino, un tanto embarrado por las lluvias pasadas. Con luz de tormenta Ese toro enamorado de la luna... Llegamos a una bifurcación, donde unos hitos de piedra nos indican el camino que debemos tomar. Cogemos el de la derecha y continuamos hasta una segunda bifurcación, en la que volveremos a coger el ramal de la derecha, por donde seguiremos entre jaras, bajando una pendiente bastante acusada, que termina en la orilla del arroyo del Soto. Encrucijada Hito Cruce de caminos Cuestolón rompepiernas Llegando al río Aquí, continuamos un pequeño trecho por la izquierda, y trepamos por unas rocas, q ue nos llevarán a un repecho desde donde podemos contemplar el fabuloso espectáculo del agua cayendo en dos hermosos saltos consecutivos, el primero de dos metros y el segundo de unos diez metros de altura. La paz que aquí se respira es absoluta, y disfrutamos de unos bocatas mientras escuchamos el sonido del agua saltando y corriendo velozmente corriente abajo. El cielo comienza a amenazar tormenta, asi que decidimos emprender camino de vuelta. Poza del Aljibe Cascada del Aljibe Última caida Rocalla 'Paisaje © MayteVidal

domingo, 24 de enero de 2010

Gulpiyuri, una delicia llena de encanto.

Entre prados verdes, pequeña, escondida, coqueta, íntima...se encuentra una delicia de playa. Gulpiyuri.
Curioso y mágico nombre que significa "Círculo de agua"

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El acceso se hace un tanto complicado, no por lo difícil de llegar a ella, sino por el lugar donde se encuentra.
Tras equivocar el camino, conseguimos llegar a él, desde la playa de San Antolín.
Era un camino estrecho, de tierra, que se abría entre zarzas, a unos prados verdes, donde un labriego cortaba con su guadaña la alfalfa que, seguramente, ofrecería a los animales de su corral.
Frente al cartel que declara a Gulpiyuri Monumento Natural, una araña tejía su red, ajena a los caminantes que se acercan hasta alí para admirar la belleza de Gulpiyuri.

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A nuestra derecha se levantaban, orgullosas, pequeñas plantaciones de maiz. Y después, solo verde y más verde de los extensos prados.
En la distancia, podíamos escuchar el lamento del mar, al chocar sus frías aguas norteñas contra las rocas de los acantilados. Y el sabor a sal que nos cubría, impulsado por la brisa, formando en nuestra piel una fina película llena de frescor.
Buscábamos con mirada ansiosa el punto donde la pequeña playa aparecería ante nosotros.

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De pronto, unas rocas, blanquecinas nos señalan lo que buscamos.
La emoción se apodera de mi.
Desde que supe de su existencia, era una idea fija el llegar hasta ella.
La visión de la pequeña playa llenaba de alegría mi corazón.
Allí estaba, dentro de un agujero en la tierra, provocado por el hundimiento de una cueva, mostrando sus claras aguas que entraban por los túneles que el mar fué forjando en la roca caliza.
El silencio que abraza solo se rompe por el rítmico sonar del agua acariciando la fina y blanca arena.
Y siento dentro de mi que es un lugar encantador, lleno de magia, que hay que proteger de la llegada masiva de visitantes.
Gulpiyuri se llena y se vacía al compás de las mareas, sin perder la magia y el encanto que significa su nombre.

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El agua que la marea alta impulsa, entra por los túneles de las rocas

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Al borde del acantilado, y detrás Gulpiyuri

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Pasamos un rato allí, haciendo fotos.
Llegamos hasta los acantilados, y volvemos a Gulpiyuri.
Es hora de irse.
No quiero abandonar el lugar. Allí me siento bien.
Hay mucha paz, mucha tranquilidad y mucha magia.
Me gustaría quedarme allí para siempre, pero hay que volver a casa.
Aún nos queda un largo viaje hasta Madrid.
© MayteVidal photography

domingo, 29 de noviembre de 2009

Subida al Pico del Lobo

Víctor viene a recogerme al trabajo y salimos hacia Guadalajara.
El punto de destino es el puerto de La Quesera.
Es tarde y por el camino se nos va haciendo de noche.

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Antes de llegar, paramos en Campillo de Ranas, a tomar unas cervezas.
Continuamos el camino. Un corzo cruza delante nuestro y se pierde en la oscuridad, entre los arbustos.
Llegamos a lo alto del puerto de La Quesera. Buscamos un sitio cómodo para extender los sacos, y cenamos un poco.
Pasamos la noche allí, en el HOTEL DE LAS 1000 Y 1 ESTRELLAS. ¡Una delicia!

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El sueño llegó de la mano de una lluvia de estrellas, y con la salida del sol, levantamos el "campamento" y emprendimos la subida.
Unas vacas y sus terneros nos dan los buenos días.

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Caminamos, subiendo por el cortafuegos y llegamos a lo alto del cordal. Descendemos un poco por el collado, y nos disponemos a subir la segunda cuesta, larga y "trabajosa" pero que sorteamos bien, eso sí, parando alguna que otra vez, a hacer fotos, y a admirar las maravillosas vistas de Riaza.

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Volvemos a bajar un poquito, hasta el collado de Prado Llano, y allí cogemos la tercera subida. Llegamos a una zona rocosa, que cruzamos mientras admiramos la belleza del paisaje que se extiende ante nuestros pies.
¡Qué sensación de libertad más grande!

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Desde allí, llegamos al collado de San Benito, a 1867 metros, y continuamos hasta el collado de Las Peñuelas, a 2194 metros, desde donde se ve lo que nos queda hasta llegar al Pico del Lobo.

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Por fin, llegamos.
Un "peludito" nos da la bienvenida, y nos hace compañía mientras descansamos un rato en el vértice geodésico.
Banderines de colores ondean al viento, allá arriba.
Estamos en EL TECHO DE GUADALAJARA.

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Admiramos las vistas, y Víctor me muestra multitud de granates, en las rocas.

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Contemplamos el vuelo de varios buitres, sobre la estación de La Pinilla, y comenzamos el descenso, por el mismo camino.
Llegando al collado de San Benito, giramos a la derecha y continuamos entre pinares, hasta el puerto de La Quesera, donde cogemos el coche, de vuelta a casa.
Ha sido un día maravilloso y la subida me ha recargado el alma.

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MayteVidal © fotografia